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El
valor de la tierra

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06/09/2007.
Carta
del Jefe Seattle al presidente de los Estados Unidos
Nota
El presidente de los Estados Unidos, Franklin Pierce, envía en
1854 una oferta al jefe Seattle, de la tribu Suwamish, para comprarle
los territorios del noroeste de los Estados Unidos que hoy forman el
Estado de Wáshington. A cambio, promete crear una
"reservación" para el pueblo indígena. El jefe Seattle
responde en 1855.
El Gran Jefe Blanco de
Wáshington ha ordenado hacernos saber que nos quiere comprar las
tierras. El Gran Jefe Blanco nos ha enviado también palabras de amistad
y de buena voluntad. Mucho apreciamos esta gentileza, porque sabemos que
poca falta le hace nuestra amistad. Vamos a considerar su oferta pues
sabemos que, de no hacerlo, el hombre blanco podrá venir con sus armas
de fuego a tomar nuestras tierras. El Gran Jefe Blanco de Wáshington
podrá confiar en la palabra del jefe Seattle con la misma certeza que
espera el retorno de las estaciones. Como las estrellas inmutables son
mis palabras.
¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esa
es para nosotros una idea extraña.
Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua,
¿cómo es posible que usted se proponga comprarlos?
Cada pedazo de esta tierra es sagrado para mi pueblo. Cada rama
brillante de un pino, cada puñado de arena de las playas, la penumbra
de la densa selva, cada rayo de luz y el zumbar de los insectos son
sagrados en la memoria y vida de mi pueblo. La savia que recorre el
cuerpo de los árboles lleva consigo la historia del piel roja.
Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra de origen cuando van a
caminar entre las estrellas. Nuestros muertos jamás se olvidan de esta
bella tierra, pues ella es la madre del hombre piel roja. Somos parte de
la tierra y ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son
nuestras hermanas; el ciervo, el caballo, el gran águila, son nuestros
hermanos. Los picos rocosos, los surcos húmedos de las campiñas, el
calor del cuerpo del potro y el hombre, todos pertenecen a la misma
familia.
Por esto, cuando el Gran Jefe Blanco en Wáshington manda decir que
desea comprar nuestra tierra, pide mucho de nosotros. El Gran Jefe
Blanco dice que nos reservará un lugar donde podamos vivir satisfechos.
Él será nuestro padre y nosotros seremos sus hijos. Por lo tanto,
nosotros vamos a considerar su oferta de comprar nuestra tierra. Pero
eso no será fácil. Esta tierra es sagrada para nosotros. Esta agua
brillante que se escurre por los riachuelos y corre por los ríos no es
apenas agua, sino la sangre de nuestros antepasados. Si les vendemos la
tierra, ustedes deberán recordar que ella es sagrada, y deberán
enseñar a sus niños que ella es sagrada y que cada reflejo sobre las
aguas limpias de los lagos hablan de acontecimientos y recuerdos de la
vida de mi pueblo. El murmullo de los ríos es la voz de mis
antepasados.
Los ríos son nuestros hermanos, sacian nuestra sed. Los ríos cargan
nuestras canoas y alimentan a nuestros niños. Si les vendemos nuestras
tierras, ustedes deben recordar y enseñar a sus hijos que los ríos son
nuestros hermanos, y los suyos también. Por lo tanto, ustedes deberán
dar a los ríos la bondad que le dedicarían a cualquier hermano.
Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestras costumbres. Para él
una porción de tierra tiene el mismo significado que cualquier otra,
pues es un forastero que llega en la noche y extrae de la tierra aquello
que necesita. La tierra no es su hermana sino su enemiga, y cuando ya la
conquistó, prosigue su camino. Deja atrás las tumbas de sus
antepasados y no se preocupa. Roba de la tierra aquello que sería de
sus hijos y no le importa.
La sepultura de su padre y los derechos de sus hijos son olvidados.
Trata a su madre, a la tierra, a su hermano y al cielo como cosas que
puedan ser compradas, saqueadas, vendidas como carneros o adornos
coloridos. Su apetito devorará la tierra, dejando atrás solamente un
desierto.
Yo no entiendo, nuestras costumbres son diferentes de las suyas. Tal vez
sea porque soy un salvaje y no comprendo.
No hay un lugar quieto en las ciudades del hombre blanco. Ningún lugar
donde se pueda oír el florecer de las hojas en la primavera o el batir
las alas de un insecto. Mas tal vez sea porque soy un hombre salvaje y
no comprendo. El ruido parece solamente insultar los oídos.
¿Qué resta de la vida si un hombre no puede oír el llorar solitario
de un ave o el croar nocturno de las ranas alrededor de un lago?. Yo soy
un hombre piel roja y no comprendo. El indio prefiere el suave murmullo
del viento encrespando la superficie del lago, y el propio viento,
limpio por una lluvia diurna o perfumado por los pinos.
El aire es de mucho valor para el hombre piel roja, pues todas las cosas
comparten el mismo aire -el animal, el árbol, el hombre- todos
comparten el mismo soplo. Parece que el hombre blanco no siente el aire
que respira. Como una persona agonizante, es insensible al mal olor.
Pero si vendemos nuestra tierra al hombre blanco, él debe recordar que
el aire es valioso para nosotros, que el aire comparte su espíritu con
la vida que mantiene. El viento que dio a nuestros abuelos su primer
respiro, también recibió su último suspiro. Si les vendemos nuestra
tierra, ustedes deben mantenerla intacta y sagrada, como un lugar donde
hasta el mismo hombre blanco pueda saborear el viento azucarado por las
flores de los prados.
Por lo tanto, vamos a meditar sobre la oferta de comprar nuestra tierra.
Si decidimos aceptar, impondré una condición: el hombre blanco debe
tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos.
Soy un hombre salvaje y no comprendo ninguna otra forma de actuar. Vi un
millar de búfalos pudriéndose en la planicie, abandonados por el
hombre blanco que los abatió desde un tren al pasar. Yo soy un hombre
salvaje y no comprendo cómo es que el caballo humeante de hierro puede
ser más importante que el búfalo, que nosotros sacrificamos solamente
para sobrevivir.
¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales se fuesen,
el hombre moriría de una gran soledad de espíritu, pues lo que ocurra
con los animales en breve ocurrirá a los hombres. Hay una unión en
todo.
Ustedes deben enseñar a sus niños que el suelo bajo sus pies es la
ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, digan a sus hijos
que ella fue enriquecida con las vidas de nuestro pueblo. Enseñen a sus
niños lo que enseñamos a los nuestros, que la tierra es nuestra madre.
Todo lo que le ocurra a la tierra, le ocurrirá a los hijos de la
tierra. Si los hombres escupen en el suelo, están escupiendo en sí
mismos.
Esto es lo que sabemos: la tierra no pertenece al hombre; es el hombre
el que pertenece a la tierra. Esto es lo que sabemos: todas la cosas
están relacionadas como la sangre que une una familia. Hay una unión
en todo.
Lo que ocurra con la tierra recaerá sobre los hijos de la tierra. El
hombre no tejió el tejido de la vida; él es simplemente uno de sus
hilos. Todo lo que hiciere al tejido, lo hará a sí mismo.
Incluso el hombre blanco, cuyo Dios camina y habla como él, de amigo a
amigo, no puede estar exento del destino común. Es posible que seamos
hermanos, a pesar de todo. Veremos. De una cosa estamos seguros que el
hombre blanco llegará a descubrir algún día: nuestro Dios es el mismo
Dios.
Ustedes podrán pensar que lo poseen, como desean poseer nuestra tierra;
pero no es posible, Él es el Dios del hombre, y su compasión es igual
para el hombre piel roja como para el hombre piel blanca.
La tierra es preciosa, y despreciarla es despreciar a su creador. Los
blancos también pasarán; tal vez más rápido que todas las otras
tribus. Contaminen sus camas y una noche serán sofocados por sus
propios desechos.
Cuando nos despojen de esta tierra, ustedes brillarán intensamente
iluminados por la fuerza del Dios que los trajo a estas tierras y por
alguna razón especial les dio el dominio sobre la tierra y sobre el
hombre piel roja.
Este destino es un misterio para nosotros, pues no comprendemos el que
los búfalos sean exterminados, los caballos bravíos sean todos
domados, los rincones secretos del bosque denso sean impregnados del
olor de muchos hombres y la visión de las montañas obstruida por hilos
de hablar.
¿Qué ha sucedido con el bosque espeso? Desapareció.
¿Qué ha sucedido con el águila? Desapareció.
La vida ha terminado. Ahora empieza la supervivencia.
FIN
.... by Eddy
Fuente: Rivera Cultural, suplemento
La Botica Mágica de Eddy.
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